Texto por José L. Medina

Fotografía por Alejandro Penedo

 

Sueño siempre con fuego. Al final, siempre hay fuego. ¿No crees que el fuego tiene algo enigmático y sagrado? Ernesto Sábato

 

Durante la primavera de 1983 y con tan sólo 200.000 pesetas presupuestadas para un single de dos temas, José Carlos Molina emprende y consigue la grabación de “Fuego”, todo un álbum (¡y qué álbum!) en los M.C. Estudios de Madrid.

 

 Había pasado ya bastante tiempo desde la publicación de “A golpe de látigo”, mucho dentro del contexto de una etapa efervescente, y qué bien supo recoger la influencia más dura de dichos años sumándola a su fórmula tan propia y característica de la banda.

 

 La formación que grabó “Fuego” fue un auténtico lujo, con Molina fichando de una tacada a tres miembros que habían pertenecido a Salamandra: Jero Ramiro haciéndose cargo de la guitarra, el coloso del teclado Miguel Ángel Collado, en la batería Bernardo Ballester (aunque fue sustituido por Bob Thackway en la grabación al encontrarse haciendo el servicio militar), completada junto al tristemente desaparecido y nunca olvidado Chiqui Mariscal al bajo.

 

 

 

 

 

Después de situar el contexto del álbum, 42 años después de la publicación del disco, ÑU anunció este verano la celebración de un concierto muy especial fechado para el 24 de octubre, contando con Jero Ramiro a la guitarra para prender el “Fuego” de nuevo, interpretándolo en su totalidad, junto a una segunda parte con la gran formación actual que lleva Molina repasando grandes éxitos, todo en el marco de la celebración del 50º aniversario de ÑU.

 

 

 

 

Con mucho mimo discurrieron los preparativos de una cita mágica y especial, ya que prepararon merchandising conmemorativo o mostraron vídeos de los ensayos generando una expectación digna de la ocasión, mientras no podíamos dejar de contar los días para estar en la Sala Shoko todos aquellos para los que “Fuego” supone uno de los discos imprescindibles grabados en este país, conteniendo una colección de canciones que resiste y vence el paso del tiempo tornándose atemporal.

 

 

 

La expectación por la cita consiguió el objetivo soñado por cualquier banda al anunciar una actuación: que se agotasen las entradas de una sala de un tamaño bien considerable como es la Shoko, abarrotada desde la apertura de puertas, llenándose paulatinamente pero sin descanso, mientras empezábamos a mirar los relojes, que poco a poco se acercaban a la hora marcada, las 21:00h.

 

 

 

 

Pocos minutos después la excelente base rítmica de ÑU conformada por Óscar Pérez a la batería y César Sánchez al bajo hacían presencia sobre el escenario, destacando de ellos la sobriedad y precisión de la que harían gala durante toda la actuación, escenario por cierto con tonos rojos y que representaría el título del disco con su tipografía original, un detalle muy efectivo, junto a Juan Miguel Rodríguez a los teclados en el flanco derecho, con semblantes serenos y concentrados, mientras Jero Ramiro irrumpía triunfal y plenamente feliz, abriendo los brazos y arengando a una sala que los recibía conscientes de lo especial de esta noche.

 

 

 

 

Una de las incógnitas por resolver en este primer acto es cómo desarrollarían “Fuego”: respetando el orden original de las canciones o quizás optando por interpretarlo desordenado, dotando a los temas de la dimensión, fuerza y dinamismo del directo, lenguaje distinto a escucharlos en casa, y tras iniciar el show con “La dama de la carroza negra (Nessa)” nos dimos cuenta de que Molina eligió esta segunda opción inteligentemente a mi parecer, ya que aunque supiéramos qué canciones iban a interpretar, el momento entre la finalización e inicio de los temas dotaban a la actuación de esa sensación de sorpresa y entusiasmo. Tras la introducción, corría José Carlos Molina con esa icónica chaqueta roja hacia el centro del escenario, con una ilusión inusitada y sabedor de lo especial de esta cita.

 

 

Los caballeros de hierro”, con su mítico estribillo de aire medieval fue coreado por una sala Shoko con un ambiente glorioso y caldeado, para dar paso a “Lucifer”, otra de las más esperadas por el respetable, y de la cual siempre he pensado que en 1983 tuvo que impresionar por su oscuridad y letra. En “Fuego” ya percibimos que los ajustes de sonido propios de los primeros compases nos permitirían contemplar una velada a muy buen nivel al respecto, con Molina defendiendo las canciones 42 años después a la altura, buena prueba de ello es el tema título.

 

 

 

Antes de ajustar una guitarra acústica que dio algún pequeño problema del que José Carlos supo hacer frente y esquivar con gracia, maestría y tablas para iniciar “La revolución”, una de mis canciones preferidas de ÑU de todos y cada uno de sus discos, Molina comentó que era una canción “que estaría perfectamente para los tiempos que estamos pasando, lo que pasa es que ahora la gente no tiene cojones”.

 

 

 

Peter Mayr entró en escena detrás de su hammond en “El hombre de fuego”, una de las más intrépidas y rápidas, muy bien elegida para enlazarla con “La bailarina”, compuesta por un Jero Ramiro que no cesaba en su labor de clavar con fidelidad cada riff, solo, acorde y arpegio, y generando la sensación de estar absolutamente acoplado, cómodo y súper compenetrado con Molina y con el resto de músicos.

 

 

Se acercaba el final del primer acto,  “Flor de metal” junto a su preciosa letra y melodía fue encarnada en el escenario de la Shoko con Peter Mayr en el hammond y con Juanmi Rodríguez y José Carlos Molina en los teclados, creando una atmósfera única, el trabajo de estos arreglos durante meses dio los frutos que recogieron en forma de aplausos por parte de un público feliz, contemplativo y también apasionado.

 

 

 

Ya sabíamos lo que nos esperaba para cerrar un inolvidable acto, “Más duro que nunca” puso la sala patas arriba, con Jero despidiéndose visiblemente emocionado, y seguro que con ganas de participar en más canciones y conciertos con Molina y sus ÑU. Qué gran disco fue “Dos años de destierro”, ahí lo dejamos por si quieren recoger el guante, soñar siempre es gratis…

 

 

 

 

Tras unos minutos dedicados a ajustes y cambios para la segunda parte del show, bastante rápidos gracias al buen hacer del equipo que conforma la familia ÑU en los directos, se procedió a dar entrada a Daniel Moreno a la guitarra (ojo con él, también participa en LOS BARONES, COZ y P.I.N.A.), un joven talento descubierto por Molina, una de sus grandes capacidades desarrolladas en su dilatada trayectoria, y la carismática y siempre exultante violinista Sara Ember, con los que abrieron el segundo acto con “Preparan”, la icónica y épica canción de “Cuentos de ayer y de hoy”, seguida de otro de los grandes himnos de ÑU, “No hay ningún loco”, la cual suelen enlazar para que el ritmo se mantenga alto con “La granja del loco”, canciones que el respetable conoce, canta y corea, convirtiendo este segundo en una celebración de clásicos inmortales de nuestro rock, seguidas por un “Manicomio” ejecutado con una elegancia y cohesión que muestra que ÑU es ante todo presente y siempre excelencia.

 

 

 

 

Tristemente Molina nos comunicó que solo quedaban dos canciones por la demasiado estricta política de una sala que no olvidemos que después se convierte en discoteca, y que siempre apremian por desalojar cuanto antes los conciertos, una pena ya que quedaron varias canciones en el tintero, pero nos vamos a centrar en relatar lo que fue y no lo que pudo haber sido ya que el día tan especial así lo merece, por lo que las elecciones fueron muy claras, acertadas y celebradas: “El tren” (¿quién es el atrevido que aún no sabe recitar su letra de memoria?) y la que es la canción más conocida de toda la discografía de ÑU, “El flautista”, convertida en un momento de memorable y emocionante comunión final, con su letra coreada como si nos fuese la vida en ello (¿o acaso no nos iba la vida en ello en ese momento?), aunque esta crónica bien merece ser concluida con unas palabras que José Carlos Molina dedicó al público cual lección de vida de la voz más autorizada y honesta de nuestro rock: “Os necesitamos muchísimo, nos hacéis mucha falta, a nosotros y a los que están empezando, incluso a los que se creen que se van a comer el mundo, os necesitan”

 

 

                                                                                           

 

 

Después tocaba correr hacia el merchan para hacernos con la camiseta conmemorativa de “Fuego” junto a algún que otro recuerdo más para rematar una velada histórica, no solo por lo que se celebraba, sino porque ÑU es ante todo presente.

 

 

Concluyo la crónica dando las gracias a Cristian Molina por su atención, amabilidad y facilidades y a Alejandro Penedo por cedernos unas fotos increíbles que captaron la magia de esta noche.

Que el “Fuego” siga ardiendo eternamente. ¡Larga vida a ÑU!