Texto por Jesús Beades; fotografías: Iron Maiden

 

La Doncella de Hierro más ochentera

A estas alturas del partido, a punto de ser un cincuentón macizo, no voy a jugar a crítico de música de los de nariz arrugada y a ponerme tiquismiquis. No voy a comparar la interpretación más o menos acelerada de una canción con la que hicieron hace tres años en no sé qué otra ciudad, o antes de ayer en Praga, ni a decir que Dickinson no llega a las notas altas de Aces (valga la redundancia) High, ni si el bending del final del solo de Run to The Hills le quedó un poco atropellado a Adrián Smith. Ni que Janick Gers hace el payaso jugando al hula-hop con la Strato, como si eso fuera algo nuevo. Vamos a no andarnos con chorradas. Aquí hemos venido a flipar.

 

 

La Ceremonia del flipe

Creo que todos los que estuvimos anoche en el nosequé Metropolitano de Madrid (le han cambiado el nombre veinte veces, y este último no lo voy a intentar pronunciar por si invoco al diablo) todos, digo, estábamos allí en una gran Ceremonia del flipe. Nuestras camisetas de Eddie –unas del Temu, otras oficiales, según bolsillos–, nuestras cervezas en vasos de plástico a trece pavos y, sobre todo: una sonrisa bobalicona, como de víspera de fiesta o reunión navideña. Éramos, sencillamente, felices y nada podía arrebatarnos eso. Comprobamos cómo formábamos parte de una legión de jevis, de chupa vaquera llena de parches y chapas, de litrona y canuto en plazoleta, y también monísimas muchachas con maquillaje agresivo y ceñidas camisetas sin mangas, con tatuajes y colores otaku, que contrastaban con las jevis de mi infancia. En realidad, en mi infancia no había jevis hembra, y, si las había, eran físicamente indiscernibles de los jevis macho. Eso, por fortuna, ha cambiado, y anoche pudimos disfrutar la maravillosa variedad de la especie humana, con niños pequeños a lomos de sus padres (diminutos eddies en sus camisetitas), carrozas (¿habrá algo más carroza que la palabra carroza?) con calvicies galopantes y melena gris ceniza, y chavales jóvenes a los que el Fear of The Dark les sucedió en el pasado. En esa multiforme variedad de humanos sudorosos lo que destacaba era un ánimo festivo, una disposición a que aquello nos gustara. Veníamos preparados para perdonarlo todo y disfrutar como posesos. Ya habíamos ido viendo publicaciones en redes, con vídeos de la gira, que revelaban las pantallas con infografías y animaciones, sin los decorados físicos de siempre, y eso que Dickinson había pedido a los fans que dejáramos los teléfonos móviles (estos pobres rockeros millonarios sufren mucho porque les hagamos un vídeo para Instagram).

 

 

Sonido espantoso, emoción a raudales

El concierto empezó con decepcionante puntualidad. A los teloneros, obviamente, no los vimos (¿a quién le interesa?), pero los MAIDEN a los 20:52 estaban dando guerra ya. Dijimos arriba que estábamos dispuestos a que nada nos quitase la felicidad bobalicona, y tuvimos ocasión de ejercerlo: el sonido era pésimo, al nivel de U2 en el Estadio de la Cartuja de Sevilla (esos delays de The Edge aún siguen rebotando desde 2010), con falta de ganancia y de unos agudos y medios que a veces asomaban el hocico y luego se volvían a hundir. Sospecho que éramos víctimas de una limitador de potencia, que funciona de forma automática por decibelios, y que la mitad del estadio para atrás escuchamos una bazofia de sonido, teniendo en cuenta el dineral que habían costado las entradas. Si el problema es por los vecinos del barrio, pongan el estadio en mitad del campo y llévennos en autobús. Pero dennos caña, por amor de Eddie. Aún así, habíamos ido a flipar, y flipamos.

 

 

En cuanto sonaron los primeros compases de The Ides of March, el tiempo quedó abolido. No habían pasado los treinta y cinco años que median desde que yo ponía los discos de MAIDEN un picú viejo, desde que hacía playback con una raqueta de plástico y el Live After Death a todo trapo en mi radiocasete de doble pletina. Mi vida estaba abrazándome, sosteniéndome entero en cada acorde, en cada redoble. ¿Tengo un alma? Entiendo que sí; aunque no sepa qué es, sé que está hecha de Fraggle Rock, El Equipo A, Iron Maiden y Michael Jordan. Así que ningún sonido de mierda iba a arruinarme ese ritual que consagraba una unidad de vida, una identidad feliz de haber sido y de seguir siendo. A los MAIDEN les debo mucho: haber experimentado algo que solo puedo llamar exultación o regocijo, y que esa experiencia se quedase dentro del alma como piedra angular para el resto de la vida. Yo, de niño, en mi barrio de Amate en Sevilla, con rodillas con mercromina todavía por la Bicicross BH, jamás hubiera soñado que estaría viendo a IRON MAIDEN cara a cara. Por eso, las veces que me ha ocurrido, me he sentido bendecido por Dios.

 

 

Una poquita de reseña

Del batería nuevo, Simón Dawson, poco puedo decir: ya lo vi con British Lion el año pasado, toca el hombre muy bien, con una pegada muy contundente y en un set menos abarrotado que el de nuestro añorado Nicko McBrain, que parecía tener síndrome de Diógenes con los tambores. En cuanto a presentación pública, lo trataron como un igual, sin escatimar planos cortos en las pantallas, ni en los saludos. Me dio mucha pena no volver a ver al bueno de Nicko, pero así es la vida.

 

 

Los picos del concierto, que no se ordenó del todo de modo cronológico –aunque empezó por el Killers– fueron:

 

Wrathchild. Por ser del Antiguo Testamento de los MAIDEN, y tener ese punto punky, y hacer que nos acordaremos de Paul DiAnno, que en paz descanse. Y porque nos dio la oportunidad de gritar todos el estribillo ¡Wrathchild!

 

Seventh Son of A Seventh Son, inundando de azul ártico el escenario por la ilustración horizontal de Derek Riggs, tan daliniana. Es una pieza de una ambición admirable, de un porte épico, soñador, de unas modulaciones y cambios de ritmo tales que que la convierte en el cénit compositivo de Harris. Por supuesto nos desgañitamos cantando todo, hasta los riffs de guitarra.

 

 

The Number of The Beast, porque nos retrotrajo a los comienzos de Dickinson con la banda, al poco de la marcha de DiAnno. Esa muñequera de pinchos hasta el codo, ese pelado con flequillo abertzale y esas mallas rojas, pasaban por nuestra cabeza en cada compás. Fue una ceremonia de regresión colectiva.

 

Fear of The Dark. Me pasa con esta canción que queda fuera de los márgenes de mi Antiguo Testamento particular, que acaba en el Seventh Son, con un epílogo digno, pero menor, que es el No Prayer for The Dying. Disco, por cierto, que se saltan por completo en esta gira. Parece que es la gira de los 80 más el Fear of The Dark (la canción homónima), y ya podrían haberse marcado un Tailgunner o Bring Your Daughter, que soy muy guapas. Pero bueno, el Fear es un himno en toda regla, con tres melodías distintas para tararear, estructura ambiciosa, sin prisas, repetitiva, hecha para que la masa salte y grite y coree. Dickinson se viste de personaje de Dickens, con sombrero de copa, casaca larga y farol en ristre, mientras una enorme luna sale en la pantalla central, rodeada de árboles negros como en una película de Tim Burton.

 

Ultimísimo tema: Wasted Years. Que hayan elegido esta canción tiene un agridulce sabor de despedida, si nos fijamos en la letra de su estribillo:

 

So understand
Don’t waste your time always searching for those wasted years
Face up, make your stand
Realize you’re living in the golden years

 

 

¿Adiós?

Esos golden years, como Las chicas de oro, son ya de la tercera edad. Esa letra del Wasted Years es un carpe diem de libro, pero refiriéndose a unos años pasados, a una época que se añora. Esta nostálgica canción de Adrián Smith puso el punto final de tristeza feliz que aflora siempre cuando se terminan las grandes novelas, las buenas películas. Una sensación de haber vivido mucho, pero de pena por la despedida. A las dos horas y diez minutos tiraron sus muñequeras, púas y baquetas al público, y hasta luego Mariloli.

 

¿Será una despedida definitiva? Habrá que esperar. No sé si me apetece ver al tirador de esgrima, piloto y frontman Dickinson en el estado que vimos a Ozzy –el mismo día que los Maiden en Madrid– en su despedida con los Sabbath, en un sillón y con Parkinson. Quizá sea bueno dejarlo en alto. Pero no creo que pueda resistirme si vuelven a anunciar gira el año que viene o el siguiente.

 

Resumen: pese al sonido penoso, disfruté como un cochino en un charco. Siguen siendo unos monstruos del heavy, pero todo tuvo sabor de crepúsculo dulzón, de último capítulo, de página de agradecimientos. Yo, desde luego, les estoy muy agradecido.

 

Up the Irons!