Por Rafa González

En el mundo del metal sucede un fenómeno que tarde o temprano afecta a prácticamente la totalidad de sus más jóvenes seguidores: Ver cómo tus amigos, que de tanta melena y battlevest fardaban con 17 años, abandonan de manera más o menos súbita el barco del metal. Pero para entender esto, debemos primero explicar un poco el funcionamiento de dicha tribu urbana.
Como ya mencioné en mi artículo “¿Qué significa exactamente ser true o ser poser?” (link aquí), el metal tiene la particularidad de ser un género musical muy díscolo. Es el estandarte de emociones habitualmente censurables por la sociedad y desagradables para quien las siente, como por ejemplo la ira y el miedo. Eso mantiene al metal -y cuanto más extremo, más- como un género underground. Y cuanto más minoritaria sea una corriente, más se recluye del mainstream y más radicales tienden a ser sus miembros. Es un fenómeno que se ve muy claramente al comparar sectas con religiones. A continuación, pegaré como ejemplo un fragmento de una de las canciones más famosas de heavy metal de la historia de España: Los Rockeros Van Al Infierno (1982) de BARÓN ROJO:
Si he de escoger entre ellos y el rock
Elegiré mi perdición
Sé que al final tendré razón
¡Y ellos no!
Mi rollo es el Rock
Todo esto convierte al metal en una afición incómoda, una afición que requiere de mucha convicción para ser seguida. Y dicha convicción surge de dos fuentes: el afán coleccionista (esfera personal) y el afán de pertenencia a un colectivo (esfera social).
Con “afán coleccionista” me refiero al rasgo de la personalidad humana que obtiene gozo al compilar estructuradamente determinados bienes materiales o experiencias. Si bien, grosso modo, casi todo el mundo disfruta de coleccionar -a su modo- algo, como por ejemplo ir viajando a sitios donde nunca has estado o ver todas las películas de una saga; para la mayoría, el hecho de coleccionar no supone una verdadera pasión vital, sino un accidente. En todos los fandoms existen grados de fanatismo. No es lo mismo ser fan de las películas de Marvel que ser como los protagonistas de Big Bang Theory, que, aparte de ver las películas, coleccionan cientos de cómics. Pues bien, cuanto más te parezcas en ese aspecto a Sheldon Cooper y su panda, más probable será que te mantengas en una comunidad como la metalera por mucho tiempo. Ya sea coleccionando discos, merchandising, o meros recuerdos de conciertos, uno va construyendo un hobby que solo depende de sí mismo y que es potencialmente infinito, ya que trata de autoimponerse objetivos consecutivamente mientras ahondas en una madriguera de conejo sin fin. Eso explica por qué hay tanto autistoide en el metal; tanto friki. Esa personalidad favorece enormemente las probabilidades de mantenerse permanentemente en el mundillo aún sin tener un círculo social afín a ello.
No es noticia que la mayoría de gente se mete en el metal durante su adolescencia o preadolescencia, que es cuando más abundan las ansias por formar parte de un grupo social. Y más concretamente, de uno contracultural. Dichas ansias sociales se van diluyendo de manera natural a medida que uno crece y busca una vida más estable y económicamente productiva. De ahí que la mayoría de tribus urbanas -como ocurría con los emos- consistan mayormente de chavales de menos de 20 años.
Pero hoy no venimos a hablar de generalidades, sino del metal en concreto. Y es que, como ya mencionamos, el metal posee una idiosincrasia muy díscola. Tanto, que en el pasado llegó a estar relacionado con ser quinqui. Y las letras de las canciones muchas veces invitan a ello. Consecuentemente, muchos majaras se sienten atraídos hacia el metal para replicar esa actitud antisocial. Sin embargo -afortunadamente-, al que le puede más el ser antisocial que la música en sí, suele dejar el metal atrás si no encuentra suficiente gente que le siga el rollo. Por eso muchos de los que estáis leyendo esto nunca os habréis topado con un energúmeno del metal. Pero cuando hablamos de ciudades muy grandes, cambia la cosa. Hasta que no salí con metaleros de la escena underground madrileña, no conocí esa realidad. Si sumamos lo que me dio tiempo a presenciar, más las bizarras anécdotas que me contaron, lo que tenemos es un retrato de la canción El Que Más de OBÚS (link a la canción aquí). La letra es digna de ser leída al completo, pero extraeré este fragmento como ejemplo:
No le asusta para nada
Esta gran ciudad
Porque es
El que más
Levantando un coche
El que más
Pasándote costo
El que más
Tirando de un bolso
El que más
Burlando a la poli
No digo que todos sean así, ni mucho menos. Pero sí que hay algunos así, y que entre muchos heavies trues de menos de 20 y pocos años, se considera algo guay. Por eso algunos energúmenos del metal ya mayorcitos se juntan con chavales de 10 años menos: Para que les rían las gracias que ya no les ríen los de su edad. Y obviamente, muchos chavales terminan espantados.
Hay suficientes efectivos en la escena metalera de Madrid como para que se desarrollen dinámicas de grupo adolescentoides; con sus facciones, sus jerarquías, su endogamia, sus cotilleos, sus guerras, sus amores, etc. Es como volver al instituto, donde incluso en el recreo (en tu momento de ocio) compartes espacio con tanta gente, que sería imposible hacerte amigo de todos. Eso da lugar a la búsqueda de la popularidad (más allá de la amistad real). Y siendo «El Que Más” el emblema estético a seguir, mucha gente acaba quemada de que su vida social se mantenga en una especie de eterna adolescencia, y le cogen tirria al metal. Así, las grandes pandillas de heavies se descomponen conforme muchos de sus miembros maduran y se dan cuenta de que compartir gusto musical no es suficiente para llamar a alguien “amigo”.
Sobre ese tema, yo con 16 años pensaba que el mundo sería fantástica harmonía si la mayoría de la gente fuera metalera. Ahora, después de haber estado muy dentro de “la escena”, sé que no. Las rivalidades y discriminaciones de otros géneros musicales hacia el metal se reproducirían también dentro de este. Unos subgéneros serían más populares que otros, habrían modas, peleas entre distintos tipos de metaleros, bullying hacia las vertientes más marginales…
En conclusión, las personas a las que les pese más el lado coleccionista que el social, tenderán a quedarse. Contrariamente, las personas con más afán colectivo que coleccionista, tenderán a dejar el metal. Si no viven en una gran ciudad, lo acabarán dejando temprano por no haber suficiente gente en la escena. Si viven en una metrópolis como Madrid, lo acabarán dejando en alguno de los vaivenes del ambiente tóxico adolescente que muchas veces se respira.





